Bastidores, tensión de la tela
y los puntos que sostienen
una labor bordada a mano
Flurvazo reúne material escrito sobre el trabajo cotidiano en un taller de bordado: cómo se elige el soporte, cómo se tensa la tela sin deformarla, qué hacen realmente el pasado, el punto de tallo o el nudo francés, cómo se comportan los hilos mulinés, la lana y el metalizado, y qué ocurre con la pieza cuando el bordado ya está terminado.
Aros, bastidores de rodillos y marcos rígidos
El bastidor no es un accesorio: define cuánta tela puedes controlar a la vez y cuánto se moverá el tejido mientras bordas. El aro de madera con tornillo lateral sigue siendo la herramienta más versátil para labores pequeñas y medianas, porque permite ajustar la presión a medida que el hilo va ocupando la superficie. Los aros de plástico con muelle interior se manejan rápido, pero pierden fuerza con telas gruesas y tienden a resbalar sobre lino pesado.
Para piezas grandes, para trabajos que van a durar semanas y, sobre todo, para el bordado en oro, el bastidor de rodillos con las telas cosidas a las cintas laterales ofrece algo que el aro no da: una tensión uniforme y sostenida en toda la superficie, sin que ninguna zona quede pisada por el arco. El marco rígido, con la tela grapada o sujeta con chinchetas a un listón, es una solución intermedia útil cuando la labor se va a montar después sobre soporte plano.
La elección también depende de la postura. Un aro de mano obliga a sostener el peso con una mano; un bastidor de mesa o de pie deja las dos manos libres, una por encima y otra por debajo, que es la forma de trabajar que produce puntadas más regulares y menos tirones en el revés.
Tensar la tela sin deformarla
Una tela bien tensada suena ligeramente al golpearla con el dedo y no cede al apoyar la aguja. Ese punto se alcanza colocando el tejido con el hilo recto respecto al aro: si la trama entra torcida, el bordado saldrá con las líneas desviadas aunque cada puntada sea correcta. Conviene ajustar el tornillo poco a poco y tirar de los bordes por parejas opuestas, nunca de una sola esquina.
Forrar el aro interior con una cinta de algodón fina cambia bastante las cosas: agarra mejor los tejidos lisos, reparte la presión y reduce la marca que deja el arco sobre la tela. También es buena costumbre aflojar el aro al terminar la sesión. Una labor que pasa meses tensada acaba con una línea circular difícil de recuperar, sobre todo en seda y en lino claro.
En el bastidor de rodillos la lógica es distinta: la tela se cose por arriba y por abajo a las cintas, y los laterales se atan con hilo fuerte a los travesaños. La tensión se corrige tensando esas ataduras, y la labor puede quedar montada indefinidamente sin marcarse.
Señales de que la tensión no es la correcta
- La tela se abolsa alrededor de las zonas ya bordadas.
- Las puntadas de pasado quedan hundidas y el brillo del hilo se pierde.
- Al soltar el aro, el dibujo aparece alargado en una dirección.
- Se forman ondas en el borde del arco, señal de que se ha estirado el tejido al sesgo.
- La aguja atraviesa con dificultad porque la tela está tan tirante que los hilos se han cerrado.
Bordado contado y bordado libre
Casi todo el bordado a mano se organiza en torno a dos maneras de decidir dónde entra la aguja. En una, el propio tejido manda; en la otra, manda el dibujo. Entender la diferencia evita muchos problemas de material: no se elige la misma tela, ni la misma aguja, ni el mismo grosor de hilo.
Bordado contado
Se cuentan los hilos de la tela. Punto de cruz, punto de asís, blackwork o las labores de hilos sacados necesitan un tejido de trama regular —etamina, lino de conteo uniforme, Aida— donde cada hueco esté en su sitio. La aguja es de punta roma para no partir los hilos del tejido, y el dibujo no se marca sobre la tela: se lee en un esquema y se traslada contando.
Bordado libre
Aquí la aguja entra donde el dibujo lo pide, sin depender de la trama. Sirve prácticamente cualquier tela estable: lino, algodón de tejido cerrado, sarga, seda montada sobre una tela de refuerzo. La aguja es de punta afilada y el trazo se pasa previamente al tejido. Es el terreno del pasado, el punto de tallo, el punto de cadeneta o los nudos, y también el del bordado con lana sobre lino.
Pasado, tallo, nudos y relleno de base
Un repertorio corto, bien ejecutado, rinde más que una lista larga de puntos decorativos mal resueltos. Estos cuatro cubren la mayor parte del bordado de superficie.
Pasado o punto de raso
Puntadas paralelas, juntas, que cubren una forma de lado a lado. Su dificultad no está en el gesto sino en el borde: si las entradas y salidas no siguen exactamente el contorno, la mancha de color queda dentada. Ayuda perfilar antes la forma con un pespunte fino, que sirve de tope al hilo y levanta ligeramente el canto. Las superficies grandes se dividen en zonas menores; una puntada demasiado larga se engancha y pierde tensión.
Punto de tallo
La línea de trabajo por excelencia. Cada puntada retrocede la mitad sobre la anterior, con el hilo siempre del mismo lado de la aguja; si ese lado cambia a mitad de recorrido, la cuerda del punto se rompe visualmente. En curvas cerradas se acortan las puntadas. Con dos o tres hebras de mulinés forma un cordón limpio para tallos, contornos y letras.
Nudo francés y nudos de superficie
Se enrolla el hilo dos veces sobre la aguja, se mantiene la hebra tirante con la mano libre y se baja la aguja muy cerca del punto de salida, nunca en el mismo agujero. La tensión de esa mano es todo: floja, el nudo se deshace; excesiva, el nudo se hunde en la tela. Para racimos y texturas conviene variar el número de hebras antes que el número de vueltas.
Relleno de base
Antes de cubrir una forma con pasado, muchas piezas llevan debajo un relleno: puntadas de algodón en dirección contraria a la capa final, o una silueta recortada en fieltro. Eleva el volumen, evita que se marque la trama de la tela y da al hilo una superficie regular donde apoyarse. Es una capa que no se ve y que decide el aspecto de todo lo que va encima.
Hilos: mulinés, lana y metalizados
El mulinés de algodón viene en madejas de seis cabos que se separan y se vuelven a juntar en el número que necesite la labor. Ese paso, que parece innecesario, es lo que hace que las hebras queden paralelas y el pasado brille en lugar de verse rizado. Las hebras largas se retuercen y se deshilachan por el roce con el ojo de la aguja: cuarenta y cinco centímetros es un límite razonable.
La lana de bordar, más gruesa y con vellosidad, pide tela de tejido abierto —lino de bordar o loneta— y una aguja de ojo largo que abra paso sin arrastrar la fibra. Cubre superficies rápido, pero perdona menos: deshacer puntadas deja la lana peluda y el color pierde cuerpo.
Los hilos metalizados y los hilos de efecto se comportan como un material distinto. Se trabajan en hebras cortas, con aguja de ojo grande para que el paso por la tela no raspe el revestimiento, y a menudo no se pasan por el tejido: se colocan encima y se sujetan con un hilo fino del mismo tono. Encerar ligeramente la hebra de sujeción reduce el rizado.
Antes de empezar una labor
- Comprobar que la tela está lavada si la pieza se va a lavar después.
- Reservar un resto de cada hilo por si hay que retocar más adelante.
- Probar el número de hebras en un recorte de la misma tela.
- Elegir la aguja por el hilo, no por costumbre: debe pasar sin forzar y sin bailar.
- Anotar en la tarjeta del hilo la referencia y el lote, sobre todo en tonos claros.
Pasar el trazo a la tela
El método depende del color y del grosor del tejido. Sobre algodón o lino claros basta con colocar el papel debajo y calcar a contraluz, con una mesa de luz o simplemente contra un cristal; el lápiz de grafito fino se agarra bien y desaparece bajo el hilo. En telas de tono medio funciona el papel de calco de sastre, siempre con presión suave para que la línea no se ensanche.
Los rotuladores hidrosolubles o termoborrables son cómodos, pero conviene probarlos antes en un recorte: no todos desaparecen igual en todas las fibras y algunos reaparecen con el calor. El papel hidrosoluble, sobre el que se dibuja y que después se disuelve en agua, resuelve tejidos oscuros y superficies con relieve, siempre que la pieza admita mojarse.
Para telas oscuras, terciopelos o labores que van a llevar oro, el sistema tradicional sigue siendo el picado y estarcido: se perfora el dibujo con una aguja siguiendo el contorno y se pasa polvo de tiza o de carbón por los agujeros, fijando después la línea con un trazo muy fino. Sobre lana y tejidos peludos, la alternativa es hilvanar el contorno sobre papel de seda y retirar el papel una vez pasado el trazo.
Bordado en oro y trabajo con canutilla
El bordado en oro apenas atraviesa la tela. Los hilos gruesos y los cordones se colocan sobre la superficie y se sujetan con puntadas cortas de hilo fino, y la canutilla —ese muelle hueco, brillante, mate o rizado— se corta en trozos y se ensarta como si fuera una cuenta alargada. De ahí que la preparación importe tanto: en España esta técnica sigue viva sobre todo en la indumentaria de cofradías y en trajes regionales, donde las piezas se montan en bastidor de rodillos y se trabajan por capas.
Debajo del metal casi siempre hay un relleno. Fieltro recortado en dos o tres siluetas superpuestas, o hilo de algodón dispuesto en haces, levanta la forma y hace que la luz recorra el oro en lugar de quedarse plana. Cortar la canutilla sobre un paño de fieltro evita que los trozos salten, y las tijeras que se usan para el metal no vuelven a usarse para hilo: el filo se estropea enseguida.
Reglas de trabajo con hilo metálico
- Medir cada trozo de canutilla sobre el propio relleno, no sobre el dibujo plano.
- No tirar del hilo metálico a través del tejido: se coloca encima y se sujeta.
- Encerar la hebra de sujeción para que no se enrede ni se pele.
- Trabajar con las manos limpias y secas; el metal marca la huella con facilidad.
- Guardar los recortes por tamaños: los trozos cortos sirven para rellenar contornos.
Lavado y montaje de la labor terminada
Antes de mojar nada conviene comprobar la solidez del color en un resto de hilo, sobre todo en rojos y azules intensos. Si el hilo suelta, la pieza no se lava. Cuando sí puede lavarse, se hace en agua templada con jabón neutro, moviendo la labor con suavidad y sin frotar la zona bordada; después se aclara bien, se envuelve en una toalla para retirar el exceso de agua y se deja secar en plano.
El planchado se hace siempre por el revés, sobre una toalla doblada, para que las puntadas se hundan en el tejido esponjoso y no se aplasten. Las piezas con canutilla, lentejuelas o hilo metálico no se lavan ni se planchan directamente: se limpian en seco y se protegen con un paño durante cualquier manipulación.
Para el montaje, la labor se tensa sobre un cartón libre de ácido y se sujeta por el revés con un hilván cruzado que atraviesa el sobrante de tela de lado a lado; es reversible y no deja marcas, a diferencia de las cintas adhesivas. Al enmarcar conviene dejar un separador entre el bordado y el cristal, para que el hilo no quede aplastado ni acumule condensación.
Conservación de telas, hilos y herramientas
Buena parte de los problemas de una labor empiezan antes de la primera puntada, en la forma de guardar el material. La luz directa apaga los tonos de las madejas en pocos meses, la humedad deja cerco en el lino y las agujas olvidadas dentro de una labor pueden oxidarse y manchar el tejido.
- Enrollar las telas grandes sobre un tubo en lugar de doblarlas: el pliegue marcado acaba debilitando la fibra.
- Separar las piezas terminadas con papel libre de ácido, sin bolsas de plástico cerradas.
- Guardar los mulinés en tarjetas o cajas con la referencia visible, lejos de ventanas.
- Reservar cajas independientes para la canutilla, ordenada por tipo y tamaño.
- Mantener las agujas en un acerico con relleno de lana, que ayuda a conservarlas limpias.
- Revisar cada cierto tiempo las labores guardadas: airearlas evita olores y humedad retenida.
Qué se publica en Flurvazo
Flurvazo es un proyecto informativo y editorial. Los textos se escriben y se revisan para este sitio y tratan únicamente sobre técnica de bordado a mano y sobre el trabajo de taller que la rodea. No hay servicios, ni venta de material, ni encargos.
- Explicaciones de puntos y de su ejecución, con las dificultades habituales de cada uno.
- Notas sobre bastidores, tensión de la tela y preparación del soporte.
- Comparaciones de materiales: mulinés, lana, sedas, hilos metalizados y telas de base.
- Métodos para pasar el dibujo al tejido según color, grosor y acabado.
- Bordado en oro y manejo de la canutilla y los hilos de sujeción.
- Lavado, planchado, montaje y conservación de piezas y materiales.
Los contenidos son de carácter general y describen prácticas habituales de taller; conviene probar siempre cualquier técnica o producto en un recorte de la misma tela antes de aplicarlo a una pieza terminada.
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